Al representante moderno de la Iglesia —cualquiera que sea la forma definitiva que adopte esta institución— le corresponde la función de guiar al individuo para su propio bien personal. Es un servicio que la Iglesia bien podría haber seguido prestando, de no ser por su insistencia en cuestiones doctrinales. Lo que en la práctica fue una especie de huelga del ministerio religioso, respondida con un boicot por parte del gran público, ha llevado al desarrollo de una labor de esquiroles por parte del psicoanálisis y de profesores desinteresados. En la actualidad, la organización manifiesta todo el desconcierto de un suministro de emergencia. Los niños en escuelas masificadas no pueden obtener una orientación individual adecuada, y la labor del psicoanalista es curativa únicamente en casos excepcionales, y no, como debería ser, universalmente preventiva. Aun así, el sentimiento avanza en la dirección de acordar que hay que hacer algo más, aunque todavía no ha surgido nada parecido a una política constructiva de orientación personal.
Las actividades del Estado a este respecto probablemente aumentarán. En épocas anteriores, un hombre podía nacer, vivir y morir en relativa privacidad. Ahora, se toma nota oficial al menos de su nacimiento, su matrimonio, sus ingresos, la mayoría de sus delitos, algunas de sus enfermedades al menos; y su muerte también queda registrada. El registro de datos sobre el individuo se extenderá a los expedientes educativos, aptitudes e incapacidades, y a todo lo relevante para su vida social. Gran parte de esto será realizado por instituciones del tipo que nuestras actuales «oficinas de orientación profesional» presagian de manera vaga y rudimentaria. En última instancia, se desarrollará un servicio público más o menos controlado por el Estado para mediar entre la Educación y la Industria.