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IV. Educación

Cuando, con la asistencia de su influyente consejo de administración, alguna compañía nacional de radiodifusión obtenga finalmente su licencia, se planteará la siguiente situación:

  • Unos sueldos extraordinarios atraerán a los más distinguidos exponentes de las diversas artes y ciencias a las estaciones centrales de radiodifusión.
  • Colegios de distrito dotados de vigilantes automáticos pasarán lista a los estudiantes en las diversas conferencias.

Estas serán impartidas por un altavoz sincronizado con un cine televisivo que proyectará la pizarra del conferenciante y otro material ilustrativo.

La economía lograda al impartir clases a, digamos, medio millón o, con igual facilidad, diez millones de estudiantes permitirá que cualquiera siga los cursos de los más ilustres exponentes de su materia.

Los estudiantes europeos de psicología, por ejemplo, asistirán, digamos, a las 9 a. m. a la clase del profesor Stout, seguidos a las 10 por el doctor Sigmund Freud, y a las 11 por el profesor G. E. Moore.

Tampoco será necesario que estos hombres distinguidos repitan sus conferencias hasta que tengan algo nuevo que decir, pues los dictáfonos se incluirán entre los oyentes, y otra tanda de universitarios adquirirá su sabiduría a través del fonógrafo de transmisión.

Se objetará que una organización comercial tan carente de alma jamás podría reemplazar a nuestras actuales instituciones culturales. Pero aquí, de nuevo, considero que la objeción es de una fuerza puramente transitoria. La diferenciación progresiva que he mencionado como un aspecto importante de la evolución ha producido la antítesis entre el comercio y

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