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II. Proféticas

los de Sargent justificarían de verdad los precios de las subastas. Descubriríamos entonces una política más satisfactoria con respecto a nuestras Galerías Nacionales. Iríamos a Port Sunlight a contemplar buenos cuadros y la Real Academia se convertiría en la sala de pruebas para experimentos de arte industrial.

Todo esto está ocurriendo ya no por mero azar o ciego experimento, sino por la acción de un principio que tomo como piedra angular de la profecía.

El hombre ha adquirido lenta y penosamente la facilidad de adoptar la actitud mental científica. Gradualmente ha logrado alcanzar este punto de vista en relación con el universo material.

Pero encuentra una dificultad peculiar en ser científico ante lo animado; y tal dificultad parecería ser casi insuperable ante la mente.

Es porque vivimos en una época en que esta hazaña se está llevando a cabo que me siento impulsado a profetizar una revolución importante, una revolución al lado de la cual el incidente bolchevique, por ejemplo, queda reducido a una insignificancia casi cómico-grotesca.

Los revolucionarios son hombres de negocios sensatos pero de miras lejanas, que actúan en alianza con los científicos. He aquí su programa tal como lo expresó el profesor Cattell en 1903.

“Es nuestra tarea hacer de la naturaleza humana tanto una ciencia como un arte. Así como en el mundo físico seleccionamos primero el material adecuado para nuestro propósito, convertimos el hierro en acero y templamos el acero para un cuchillo, del mismo modo en el mundo de la acción humana debemos aprender a seleccionar al hombre adecuado, a educarlo y prepararlo para su tarea exacta. Esto de hecho tratamos de hacer en todas nuestras instituciones, religiones, comercio, sistemas de educación y gobierno.

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