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IV. Educación

que intentamos enseñarles. Nuestros buenos ejemplos producen dos efectos alternativos. Si al niño lecaemos bien por casualidad, imitará nuestras acciones y la moralidad se convertirá en una mímica vacía. Quizá, por otro lado, tengamos un manierismo desafortunado o algún parecido inocente con un terror olvidado, y el niño nos tenga tirria. El buen ejemplo se toma como modelo de lo que hay que evitar. Por contrasugestión, toma el camino opuesto en la medida de sus posibilidades. > Los hijos de los clérigos podrían proporcionarnos material para una teoría

Nuestros deportes sanos... pero ¿para qué seguir? No es mi intención ridiculizar las mejores cosas que la sabiduría de los siglos ha producido. Mi única tesis es que nuestros métodos educativos son desesperadamente tentativos, inciertos en sus efectos, justificables solo sobre la base de que aún no podemos ver con claridad ninguna otra cosa que hacer. Pero las cosas cambiarán.

Ya existe una ciencia de la educación, porque mentes científicas están pensando en los problemas que esta presenta. Están experimentando y, al menos, están sacando a la luz nuestra ignorancia. Experimentos similares a los de la Administración Científica están produciendo resultados similares.

Empezamos a saber cosas importantes sobre la mente, su desarrollo natural y el método mediante el cual funciona.

Ya sabemos bastante sobre las condiciones de la memoria, lo suficiente al menos para condenar, si nos atreviéramos a reflexionar sobre las implicaciones de nuestro conocimiento, muchas prácticas educativas venerables.

Algunos de nuestros descubrimientos más importantes se alinean fácilmente con los resultados de la psicología industrial.

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