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V. El impulso evolutivo

especialización excesiva del individuo en su trabajo ha producido una diferenciación artificial en la disposición de su vida, de la cual la distinción entre trabajo y juego es el ejemplo más flagrante.

Con la superación del deporte, o más estrictamente, con la fusión del trabajo y el juego, el hombre se aplicará a tareas proporcionadas a sus facultades.

Vagamente empezamos a ver cuáles serán estas tareas. La tarea de gobierno, por compleja que pueda ser, será en muchos aspectos menos difícil de lo que es hoy. El peligro de la revolución no debería ser más que una contingencia remota.

La estabilidad de una sociedad depende en última instancia, en proporción inversa, de la prevalencia del nepotismo.

Un gobierno de personas eficientes y talentosas provisto de conocimientos científicos sería inexpugnable.

No importa que los hombres sean en su mayoría irracionales, siempre que los racionales tengan el poder de gobernar. La irracionalidad del resto está sujeta a una ley uniforme que, una vez comprendida, puede ser controlada.

Pero la tentación del gobernante de ceder las riendas del poder a los ineficientes con los que mantiene vínculos emocionales de paternidad o amistad es casi irresistible.

La dificultad, sin embargo, no es insuperable. Alguna forma de «socialismo», que partiera de una base de absoluta igualdad y ascendiera al poder según la capacidad, medida cuasimecánicamente mediante pruebas mentales y vocacionales, constituiría una salvaguarda parcial. Además, en una clase gobernante compacta podría surgir una especie de tradición moral familiar. Esto se vería reforzado por el reconocimiento

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