La educación será tal vez uno de los campos más interesantes de la futura gestión científica. En la actualidad sabemos unos pocos fragmentos de unas pocas ciencias y un puñado de hechos históricos. Completamos el cuadro con teorías y tratamos torpemente de hacer que otras personas memoricen estas cosas.
Llamamos a este proceso Educación. Hemos inventado algunos ingenios para descubrir lo que olvidan, y los llamamos Exámenes. Recientemente hemos inventado algunos trucos para exponer lo que no pueden hacer, y los llamamos Tests Mentales. Envolvemos todo esto en un ovillo de filosofía laxa, y lo llamamos La Ciencia de la Educación.
Profesamos, es verdad, algunas metas más elevadas. Intentamos, según decimos, enseñar a nuestros alumnos a pensar. Intentamos moldear sus caracteres y tratamos de producir buenos ciudadanos.
¿Pero en qué se resume todo al final? La manera más eficaz descubierta hasta ahora de enseñar a la gente a pensar es que el propio profesor piense en voz alta y confíe en que sus alumnos cojan el truco. ¿Cómo nos proponemos moldear el carácter de un niño? Mediante preceptos morales, buen ejemplo, deporte sano, un ambiente edificante y una aplicación sin principios del castigo y la recompensa. * Nuestros hijos se aburren con los preceptos. * Bostezan en nuestra presencia y se burlan de nuestros preceptos en nuestra ausencia; se escapan a la primera oportunidad y «hacen de su capa un sayo»*, y luego redescubren nuestra vieja moralidad por sí mismos. * Los más audaces inventan una nueva propia, probablemente algo mejor que lo