George Harrison para Paul Harrison
The Shack, Near Manaton, Devon 22.10.28
Mi querido Muchacho,
Este mes debo comenzar deseándote muchísimas felicidades en este día, y confío en que el correo esté a la altura de su reputación y entregue mi carta a tiempo para tan auspiciosa ocasión. Dios te bendiga, querido hijo, y te colme de felicidad y prosperidad. Ya tienes treinta y seis años, sigues siendo un hombre muy joven para ocupar el puesto de responsabilidad que te has ganado. Sin embargo, ¡se me hace extraño pensar que a tu edad yo llevaba dieciséis años casado y asentado! ¡Yo apenas era un muchacho de veinte cuando me casé con tu querida madre! Su recuerdo está muy presente y es muy querido para mí en este momento, como de hecho, en todo momento. Nunca debes pensar que, por haber formado otros lazos en los últimos años, no pienso en ella con el más profundo cariño. Pero sé que no lo piensas así. Sabes que en mi corazón hay lugar para ambas: y es una gran felicidad para mí tener un hijo cuyo rostro recuerda, aún más vívidamente con el paso de los años, el de mi querida primera esposa.
Me alegró muchísimo recibir tu carta y saber que el trabajo va tan bien. Tienes una gran oportunidad. Sé lo orgulloso y feliz que habría estado a tu edad de tener la ventaja de trabajar bajo las órdenes de un hombre tan distinguido como Sir Maurice. En mi opinión, es el mayor ingeniero de su época. Es muy gratificante que te confíe gran parte del trabajo de responsabilidad. Ten mucho cuidado de comprobar cada cifra y probarlo todo, por muy pequeño que sea, antes de colocarlo en su sitio. Los cálculos más brillantes no compensarán un perno defectuoso. La de Dolby es una empresa de primera clase, pero es una norma prudente no dar nada por sentado.
Como ves, estoy aquí abajo en la vieja cabaña pasando mis vacaciones de costumbre. Me vi obligado a tomarlas bastante tarde este año, ya que no podían prescindir de mí en la oficina hasta que termináramos con la nueva central eléctrica. Sin embargo, el tiempo acompaña por fortuna muchísimo, y he podido hacer bastantes bocetos además de buscar setas por los alrededores. Eché de menos a nuestro viejo amigo el tuesas, Lycoperdon giganteum, por supuesto, pero ayer recogí un plato precioso del pequeño Agaric amatista, y mañana por la mañana saldré en busca de Amanita rubescens, que tengo intención de probar muy lenta y delicadamente estofada en caldo de ternera, o en una falsa salsa de carne de Fistulina hepatica, si encuentro uno en buen estado. No sé si alguien habrá probado alguna vez esta combinación de dos hongos. Si resulta un éxito, daré la receta en el pequeño libro que estoy escribiendo sobre Tesoro comestibles olvidados. Los señores Hopkin & Bigelow están interesados en mi «opérculo» y creo que más bien tienen la intención de publicarlo.
Siento que no estés aquí para ir a buscar setas conmigo. A Margaret, por supuesto, no le gusta este tipo de vida de campamento —no podría esperarlo de alguien tan urbanita como ella—, así que por ahora me he he visto obligado a convertirme en un viejo solterón. Espero que el joven Lathom salga conmigo a veces a hacer excursiones de dibujo. Me parece un muchacho muy decente y simpático, y es muy agradable tener a otro artista en el lugar con quien intercambiar ideas. Entra y sale de nuestro piso con frecuencia por la tarde, y siempre nos alegra verle. Su charla animada parece divertir a Margaret, y es lindo tener algo de juventud por aquí. No vemos tanto a su amigo Munting. Es reservado y callado, y habla con bastante modestia, aunque creo que ha escrito un libro de poesía muy subida de tono y una novela más bien salaz. Margaret dice que le disgusta su actitud sarcástica, pero no puedo decir que me haya parecido censurable en modo alguno. La señorita Milsom parece haberse ofendido por algo que le dijo, pero al fin y al cabo no es una mujer particularmente sensata. Nada de lo que le diga logrará evitar que ponga grasa en la sartén cuando fríe un filete, lo cual es una gran molestia. No tiene ningún sentido culinario real.
Bien, muchacho, he escrito una carta bastante larga y debo parar ahora, pues veo que se acerca el muchacho con el pan, y tengo que asegurarme sus servicios para llevar esto al correo. Adjunto un pequeño cheque, como una ofrenda que siempre resulta adecuada en cualquier estación y país, y quedo de ti,
Con mis mejores deseos,
Tu afectísimo Padre, Geo. Harrison