Lo mismo al mismo
15, Whittington Terrace, Bayswater 29 de septiembre de 1928
Querida Olive,
Me alegra muchísimo que Tom descubra que puede llevar las medias sin problema. Sí, estoy un pelín orgullosa del diseño. Y hay una cosa sobre él: es de lo más original. No podría haber comprado nada igual en una tienda, ¡y eso es algo en estos días de fabricación en serie! El señor Perry quedó enormemente impresionado con el resultado final, y dijo que si me apetecía hacer ese tipo de cosas como una pequeña propuesta comercial, creía que podría conseguirme bastantes encargos entre sus feligreses. Me tranquilicé bastante, porque introdujo el tema con tanta delicadeza que temía que fuera a pedirme que le regalara un par, ¡lo cual habría resultado un tanto directo, especialmente siendo soltero! De todos modos, le dije que me gustaría mucho hacerlo, solo que, por supuesto, no podía comprometerme a aceptar grandes pedidos con plazos ajustados. No tengo tiempo libre, para empezar, y además, inventar diseños es una labor artística y no se puede hacer por encargo. El señor Perry lo entendió perfectamente y me preguntó cuánto cobraría, así que le dije que diez chelines el par. Creo que es justo, ¿no te parece? Requieren diez onzas de lana de doble punto, sin contar la pequeña cantidad de lana de color para los bordes, y luego hay que tener en cuenta mi trabajo y la invención. Habría que pagar al menos quince chelines por algo de la misma calidad en una tienda. Me atrevo a decir que con la práctica conseguiré que ambas piernas salgan iguales.
¡Sí! Por fin he conocido al poeta.
Dormí muy mal el viernes por la noche, y pensé que me apetecía una taza de té temprano, pero se había gastado toda la leche para hacer un arroz con leche, así que a las siete salí escabullida en kimono a recoger la entrega de la mañana, y ahí estaba, ¡fíjate tú, el joven bajando las escalera sin más ropa que una camiseta interior y unos calzones cortos!
No pude escapar, así que salí del paso con toda la naturalidad que pude, y la verdad es que, en pijama y kimono, yo iba mucho menos indecente que él. Me limité a decir: «Oh, perdone, señor Munting» (¡vaya apellido para un poeta!), «solo venía a recoger la leche».
Así que él la cogió del suelo y me la ofreció con una reverencia tremenda. Tuve que decirle algo al muchacho, así que le pregunté: «¿A dónde vas tan de mañana?», y él contestó que iba a dar una vuelta corriendo alrededor de la plaza para no perder la línea. Estoy segura de que no le hace falta cuidarla, ya que todo él son coyunturas y huecos, y creo que solo lo dijo para llamar mi atención sobre su persona encantadora, porque no paró de escudriñarme de arriba abajo en todo el rato de la manera más desagradable.
Tiene un aspecto muy cetrino y lo que mamá habría llamado bileoso, con ojos negros y arrugas en las comisuras, y una boca sarcástica, y sonreía todo el tiempo que hablaba, de una manera que hace sentir a una mujer de lo más incómoda. Parece bastante mayor que su amigo —yo le echaría bien más de treinta, pero tal vez se deba únicamente a llevar una vida disipada. No le dije gran cosa, sino que entré tan rápido como pude. No quería que todo el mundo lo viera exponiéndose allí conmigo en el umbral. Lo vi después desde la ventana de mi dormitorio, corriendo por la plaza como un loco.
El señor Harrison ha estado más afable últimamente. Se ha comprado una caja de pinturas nueva y maravillosa, a fuerza de conocer a un artista de verdad, supongo, y se pasa el tiempo retocando algunos de sus bocetos de las vacaciones.
Está muy entusiasmado con un nuevo plan para acondicionar su estudio, como él lo llama, con un nuevo tipo de bombillas eléctricas que dan una luz como la del día, para poder trabajar por las tardes. Así que disfrutaremos aún menos de su compañía que antes. No es que a mí me importe personalmente, solo que me parece una idea de la vida conyugal de lo más insatisfactoria, estar fuera todo el día y encerrarse todas las noches.
He escrito un pequeño boceto titulado «Estos hombres—». El doctor Trevor cree que es muy prometedor y dice que debería probar suerte en alguno de los periódicos vespertinos, así que se lo he enviado al Standard.
Siento muchísimo lo de la mala garganta de Joan. ¿Crees que se abriga lo suficiente? Le haré una de mis bufandas especiales, si me dices de qué color son los vestidos que lleva.
Con todo mi cariño,
Tu afectísima,
Aggie