John Munting a Elizabeth Drake
15a, Whittington Terrace
1.12.28
Querido Bungie,
¡Aquí estamos otra vez! De vuelta en casa, llenos de energía y preparados para afrontar lo que sea, incluso a los Lathom y a los Milsom.
Por cierto, tengo que retractarme de lo que dije sobre Lathom. Le perdonaré cualquier cosa por ser un pintor jodidamente bueno. Dios mío, ha hecho una obra de arte con la señora Harrison; el viejo Halkett gruñiría a su manera graciosa y bronca diciendo: «Es una obra maestra».
Quiere mandarla a la Academia (donde probablemente sería el cuadro del año, si el Comité no se ahorcara con sus propios cables al verse sorprendidos por una muestra de buena pintura por una vez), solo que, por supuesto, esas mujeres imbéciles han metido la pata y han puesto a Harrison a la defensiva.
Paparruchas, paparruchas, paparruchas; abalanzándose sobre el pobre hombre con chácharas sobre escándalos de la prensa y plantándose bajo mi retrato el día de la inauguración, ¡bla, bla, bla!, antes de que el pobre hombre terminara de recuperarse del impacto.
Discusión, por supuesto. Le dije a Lathom que no fuera un imbécil y que fuera a pedirle disculpas en privado a Harrison después y le dijera que no había la menor intención de exponerlo en contra de sus deseos. Si usa un poco de tacto, de aquí a tres meses el viejo dará por sentado que el cuadro se va a exponer e imaginará que fue idea suya.
Tengo a Harrison bastante bien fichado, pero su mujer es una egoísta necia, y Lathom no tiene ningún sentido práctico en lo que respecta a las relaciones humanas. De todos modos, espero que el cuadro esté allí, porque me gustaría que lo vieras. Es realmente de primera. ¡Y revelador, Dios mío!, solo que la señora H. no lo ve, y no creo que Lathom se dé cuenta tampoco.
He recibido una carta de Merritt—«ha leído el libro con mucho interés y le alegraría que pudiera encontrar tiempo para pasar a charlar sobre él cuando me convenga». Es la primera vez que alguien siquiera se ofrece a charlar sobre él. Supongo que, si consiento en tachar todos los pasajes «avanzados», y «aligerar» el estilo y darle un final más «satisfactorio», considerará hacer algo con él. Bueno, no va a tener la oportunidad, eso es todo.
Gracias a Dios, la Vida prácticamente ha terminado. Doy gracias por librarme de ella. Me ha llevado a leer un montón de bazofia científica y metafísica que no le sirve a nadie, y menos que a nadie a un escritor creativo (¡un hecho en el que me he complacido en insistir a lo largo de la obra!). Y cuanto más avanzas con ella, peor se pone.
Lucrecio pudo hacer gran poesía con la ciencia, y Bacon logró sacarle buen provecho—y hasta Tennyson pudo exprimir unos versos bellos de una teoría endeble de la evolución y la perfectibilidad y todo lo demás.
Pero ahora, ¡oh, cielos! después del bioquímico, el matemático. ¿Qué se puede hacer con la acción de las glándulas de secreción interna sobre el metabolismo, o con Pi y la raíz cuadrada de menos uno?
Desesperación y una especie de lúgubre sordidez, eso es todo. Preferiría tener una teología miltoniana para hacer poesía que todo este asunto del hígado y las gónadas y la velocidad de la luz.
Perry el reverendo sale del paso fingiendo que la Iglesia católica lo sabía todo desde el principio, y que las metáforas teológicas imprecisas pueden interpretarse como fórmulas pseudocientíficas, lo cual es mentira. El origen de la vida es nuestro gran terreno favorito para la discusión. ¡No se puede crear vida sintéticamente en un laboratorio; por lo tanto, deduce que surgió por intervención divina! ¡Menuda suposición!
Pero, después de todo, no es mucho peor que el hombre de ciencia.
«De una manera u otra, la vida surgió», dicen. «En algún momento, de algún modo, tal vez aprendamos a crearla».
Pero incluso si uno pudiera aprender a crearla, eso no explica que haya llegado de manera espontánea en un principio. El biólogo puede retroceder hasta el protisto original, y el químico puede retroceder hasta el cristal, pero ninguno de ellos aborda la verdadera cuestión de por qué o cómo comenzó la cosa en absoluto.
El astrónomo se remonta a incontables millones de años y termina en gas y vacuidad, y entonces el matemático barre el cosmos entero hacia la irrealidad y lo deja a uno con la mente como la única cosa de la que tenemos alguna aprehensión inmediata.
Cogito, ergo sum, ergo omnia esse videntur.
Toda esta molestia, y no estamos más allá de Descartes.
¿Has notado que los astrónomos y los matemáticos son, de lejos, las personas más alegres del grupo? Supongo que contemplar perpetuamente las cosas a una escala tan inmensa les hace sentir o bien que de todos modos todo da igual, o bien que algo tan vasto y elaborado debe de tener algún sentido en alguna parte.
Ojalá tuviera el recio desprecio de Lathom por todo este tipo de cosas. Su postura es que la bioquímica no puede afectar a su vida ni a su arte, así que que sigan con lo suyo. A mí me zarandea cualquier viento de doctrina y, si no ando con mucho cuidado, terminaré escribiendo un Contrapunto, pero sin el ingenio. No se puede lograr que una novela se sostenga si no se cree en la causalidad.
Dijo un joven autor prometedor: «¿Qué dices? ¿Que no hay relación? Si eso fuera verdad, ¡qué gran tempestad! ¿Qué será de la gran ficción?»
Quizá esto explique por qué nunca he podido escribir un libro con trama, salvo, por supuesto, aquel sobre el cual Merritt quiere verme. Y ese fue una especie de libro estrambótico.
Bueno, no importa. Solo una quincena más y te veré.
Alabad a Dios (o lo que sea) de (si existe una dirección) quien (si existe personalidad) todas las bendiciones (si esa palabra corresponde a alguna percepción de la realidad objetiva) manan (si Heráclito y Bergson y Einstein están en lo cierto al afirmar que todo fluye más o menos).
Tu siempre fiel Jack