Harwood Lathom a John Munting
Polperro, 4 de enero de ’29
Estimado Munting,
¿Cómo estás? ¿Y cómo dejó tu alma la temporada de sobrealimentación y cordialidad cristiana?
¿Sobrevivió el amor honorable a las domesticidades? Si es así, juro que tú y tu inteligente joven mujer son dioses o bestias. Dioses, probablemente —con esa terrible moderación del conocimiento del bien y del mal, viendo dos caras en cada cuestión.
Analizarán sus arrebatos nupciales, si es que los tienen, y encontrarán el tema de lo más interesante. ¡Tendrán, Dios los ampare!, sentido del humor respecto al asunto, y sus amigos dirán qué hermoso es ver un sentido de camaradería tan fino entre un hombre y una mujer.
¡Una cópula de solitarias políticas! Pero, ¿de qué sirve ser ofensivo con un hombre que sabrá disculpar mi punto de vista? Odio que me disculpen, como si fuera una cantidad incalculable en una ecuación astronómica.
No teniendo (¡gracias a Dios!) más familia que mi tía de Colchester, me escapé del buen rey Wenceslao y partí hacia París, donde todo es bastante insípido, y el tiempo tan nevarse y amargo como en nuestra propia y feliz isla, pero donde al menos el extranjero no es absorbido por la vie familiale.
Encontré a los Harrison vegetando tristemente en un hotel anglófilo sumamente respetable, y los arrastré por las habituales atracciones rancias, obteniendo mi placer de su ingenuo disfrute. O, al menos, del de ella; el viejo estaba tan irascible como siempre, y arrancó el rubor de la vergüenza en mi mejilla cosmopolita al abandonar un cabaret a mitad de función, arrastrando tras de sí a su esposa y a su amigo al más puro estilo de un mayoral de cortijo.
Estando demasiado furioso para hablar, no dije nada, y tuve el placer de presenciar una pelea familiar en el taxi de vuelta.
La bella Margarita estaba en realidad tan escandalizada como él, pobre niña, pero emocionada hasta un éxtasis impenitente a pesar de todo. Tiene madera de alma pagana decente si uno pudiera enseñarle.
Sin embargo, yo no tuve que enseñar nada. Su vulgar repugnancia (con la que, de haber tenido el tacto elemental de dejarla en paz, ella habría estado de acuerdo) la empujó a una oposición exaltada, y discutió el punto con una obstinación y una entrega que era un placer escuchar. No quise que me metieran por medio; no quería bronca y, además, ella no aprenderá nada a menos que lo discuta por sí misma.
De hecho, pedí disculpas y vine a decir que un artista se vuelve bastante ciego ante las conveniencias, ya que las piernas, como dijo el cobrador del autobús, no suponen ninguna novedad para él. De hecho, ¡me contuve maravillosamente y —me fui y anduve de un lado para otro hecho una furia toda la noche!
Después de eso fuimos a las galerías de arte, y tuve que aguantar las lecciones de arte de Harrison. Jamás he oído —ni siquiera en Chelsea— tanta jerga aplicada sobre una base tan macabra de ignorancia y mal gusto. Al hombre deberían crucificarlo en medio de todas sus propias y aborrecibles birrias. Lo habrías disfrutado, supongo, o habrías escrito algo sobre ello.
Recibimos el Año Nuevo bailando y con las habituales festividades imbéciles. La señora H. me dio las gracias con lágrimas de emoción en los ojos; era patético, como darle caramelos a un crío. Incluso H. se conmovió un poco de su hosquedad habitual. Le conseguí una pareja —¡no! No la contraté, la conocía—, una personita decente que solía vivir con Mathieu Vigor y que ahora, según creo, es la petite amie de Kropotzki, y ella lo trajo y lo llevó dando vueltas de la manera más amable. ¡Salió de la refriega bastante chispeante (para lo que es él!) y sacó solemnemente a Madame a bailar la siguiente pieza! Eso no fue tan bien, porque le encontró defectos a sus pasos, así que lo devolví a empujones con Fleurette, que creo que podría bailar con un canguro, la listilla del demonio.
Crucé el 2, y bajé aquí en busca de calor y sol (¡ilusión!).
El lugar ha sido arruinado, por supuesto, por los turistas "artísticos", y está plagado de tiendecitas de artesanía rústica. Los valientes pescadores deambulan con limpios jerséis azules y abrrillantan los botes en el puerto, mientras anhelan que vuelva a empezar la temporada de cine.
Estaré de vuelta en Bayswater en algún momento de la próxima semana. Espero que tu sentido del humor se sienta robusto, pues estoy de muy mal humor y nada me complace.
Siempre tuyo
Lathom