Lo mismo al mismo
15a, Whittington Terrace 20.2.29
Querido Bungie,
¡Gloria, aleluya! Entonces nos casaremos en Pascua. ¡Malditos los escrúpulos del tío Edward! Podría serte igual de buen esposo en Cuaresma, pero, como bien dices, es una pena disgustar al buen viejo. Ahora que la remota perspectiva se ha vuelto tan (comparativamente) cercana, me siento tembloroso e incapaz. Es como tensar los músculos para levantar un saco pesado y descubrir que está vacío. Uno creía que faltaban años, y míranos aquí, y ahí está, y ya está.
¡Bien!
Pues nos vamos a casar en Pascua.
Bueno—será una buena excusa para rechazar invitaciones estúpidas. Sin tiempo. Horriblemente apenado. Me voy a casar en Pascua, ¿sabes? Mucho que hacer. Anillo. Padrino. Regalos de las damas de honor y todo eso. Disculpa, viejo, tengo que ver a mi sastre. Hasta-horriblemente-luego, ya sabes.
No pude librarme de Leader de ese modo, sin embargo. Era horriblemente efusivo y se quedó muchísimo tiempo, y se empeñó en que Lathom y yo fuéramos al College a echar un vistazo a los laboratorios y «conocer a algunos de los muchachos», quienes por cierto me aborrecieron a primera vista, cuando llegaron a verme.
Pensé que cuanto antes saliéramos del paso, mejor, así que fuimos esta tarde. Lathom está en uno de sus días errantes —no hace nada y se aferra a cualquier excusa para perder el tiempo. Intenté escurrir el bulto, ¡pero nada! «Tienes que venir sin falta, viejo amigo».
Supongo que la idea era impresionar a los amigos de Leader haciéndoles creer que los hombres de intelecto se sienten orgullosos de conocerlo. No se me había ocurrido que escribir superventas tuviera unos acompañamientos tan idióticos.
Leader estaba en su elemento, por supuesto, luciendo sus conocimientos de medio pelo y exhibiendo fragmentos de anatomía en frascos. Puedo ver a Leader un día de estos como el testigo principal en una investigación judicial, espantosamente chapucero y presumido, profesando que puede calcular la hora del crimen con un margen de cinco minutos con solo echarle un vistazo al cadáver, y arruinando la vida de cualquiera con alegre confianza en su propia infalibilidad.
Causaba una gran impresión en la sala de disección, pero en su mejor momento, creo, era cuando hacía gala de sus conocimientos sobre venenos (que, a propósito, parece que tienen a mano en los estantes abiertos para que cualquier visitante ocasional se sirva). Era muy experto en drogas sintéticas —todas hechas en el propio establecimiento con vete a saber qué, e imitando a la naturaleza de un modo tan abominable —abominablemente bien, quiero decir— que el análisis químico no logra distinguirlas.
En verdad, en verdad, señores (y aparte de lo tedioso que es Leader), pero esto me preocupa. Los perfumes sintéticos de alquitrán de hulla ya son bastante malos, y los tintes sintéticos, y puedo soportar el alcanfor sintético y los venenos sintéticos, pero cuando se trata de extractos glandulares sintéticos como la adrenalina y la tiroxina, empiezo a preocuparme. Vitaminas sintéticas después, supongo, y carne y coles sintéticas, y tras eso, bebés sintéticos.
Hasta ahora, sin embargo, no parecen haber sido capaces de crear vida sintética; lo más cerca que han estado es estimulando hueva de rana para darle vida con agujas. ¿Pero qué pasa con los años venideros? Si, como dicen los bioquímicos, la vida es solo un proceso químico muy complicado, ¿la diferencia entre la vida y la muerte podrá expresarse primero en una fórmula y luego encerrarse en una botella?
Esta es una carta de lo más alegre para escribirte, vieja amiga, en esta fausta ocasión, pero esta cuestión eterna de la vida y de la creación de la vida parece perseguirme, y al fin y al cabo no está tan alejada del problema del matrimonio.
Podemos transmitirla y continuarla, pero ¿qué es?
Dicen ahora que el universo es finito, y que solo hay una cantidad determinada de materia en él y nada más. ¿Pero obedece la vida a la misma regla, o puede surgir indefinidamente de lo inanimado?
¿Dónde estaba, cuando el mundo no era más que un polvoriento caos de gas en torbellino y cenizas? ¿Qué la puso en marcha? ¿Qué le dio el impulso, la inclinación, para rodar de manera tan incesante y tan excéntrica?
Mirar hacia adelante es fácil: la inercia final, cuando al átomo desintegrado se le haya sacudido hasta el último átomo de energía; cuando los relojes se detengan y la flecha del tiempo no tenga ni punta ni astil; ¡pero el principio!
Una cosa es cierta. Si empiezo a pensar así, no volveré a escribir otro éxito de ventas. ¡Dios nos libre de la especulación gratuita! Nuestros propios asuntos inmediatos son tan importantes como los amores de los electrones en este universo de inmensidades infinitesimales, y por lo que a nosotros respecta. …
[El resto de esta carta, al ser de índole muy íntima, no está disponible.]