Un vagabundo
“Esa palabra no existe.”
Un viento soplaba por la ciudad. No un céfiro apacible y templado, que alborotaba los rizos en la frente de las damas gentiles y hacía crujir las cortinas en los elegantes tocadores, sino un vendaval gélido y acerbo que arremetía con ímpetu por callejones estrechos y patios abandonados, mordiendo las mejillas de los pocos caminantes solitarios que aún merodeaban por las calles oscurecidas.
Frente a una catedral que alzaba su elevado campanario en medio de las casas sórdidas y de las tabernas peor que sórdidas de una de las zonas más sombrías del East Side, se encontraba la figura de una mujer.
Se había detenido en su carrera por la estrecha calle para escuchar la música, tal vez, o para vislumbrar la luz que de vez en vez brotaba de las puertas de amplio vaivén al abrirse y cerrarse tras algún feligrés rezagado.
Era alta y de aspecto temible; su rostro, cuando la luz lo golpeaba, aparecía ajado y desesperado; la penumbra y la desolación estaban escritas en todas las líneas de su rígida pero demacrada figura, y cuando se estremecía bajo el vendaval, lo hacía con esa fuerza y ese abandono a los que la pasión presta su ayuda, y en los cuales el alma proclama su condena.
De repente, las puertas ante ella se abrieron de par en par y se oyó la voz del predicador:
“Ama a Dios y amarás a tu prójimo. Ama a tu prójimo y demostrarás de la mejor manera tu amor a Dios.”
Ella oyó, se estremeció y el encanto se rompió. «¡Amor! —repitió con una risa horrible—; ¡no hay amor en el cielo ni en la tierra!».
Y ella pasó rauda, y los vientos la siguieron y la oscuridad la tragó como un abismo.