en su expresión ese algo indescriptible que, más que el brillo de su mirada o la curva de sus labios —aunque ambos eran encantadores para mí—, hacía de su rostro el único rostro de mujer en el mundo para mí; un encanto que las circunstancias podrían alterar, o el sufrimiento menoscabar, pero del que nada salvo la muerte podría despojarla por completo, y ni siquiera la muerte, pues era el sello de su individualidad, y eso se lo llevaría consigo a los cielos.
«Si pudiera tan solo acercarme y sentarme a su lado sin una palabra de explicación ni la interferencia de las convenciones, qué feliz sería», pensé.
Pero sabía que eso no serviría de nada, así que me conformé con vigilar en secreto sus movimientos, deseando y al mismo tiempo temiendo la llegada de mi anfitriona, con su inevitable presentación.
De pronto tocaron el piano en una habitación distante y solo cuando vi el rápido cambio en su rostro, un cambio difícil de explicar, reconocí la pieza como una que yo solía tocar.
Al menos no había olvidado, y conmovido por el pensamiento y por el recuerdo de aquella marea de color que había barrido como una inundación su mejilla, me aparté, sintiendo como si estuviera contemplando algo que no era para los ojos de ningún hombre, y menos aún para los míos.
La voz de mi anfitriona me detuvo y al momento siguiente hacía una reverencia hasta el suelo ante la señorita Preston.
No soy un muchacho; ni he carecido de mis propias experiencias: la vida con sus vicisitudes me ha enseñado no pocas lecciones, me ha sometido a muchas pruebas, mas en toda mi carrera jamás he conocido un momento más difícil que cuando alcé la vista para encontrarme con la suya tras aquella humilde reverencia.