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nydus/The Sword of DamoclesPublic
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XXXV. La señorita Belinda pone condiciones

ladrón en el banco, se le puede encontrar; si el robo fue cometido por un desconocido, aún puede ser descubierto. Si no es así, si el misterio queda por siempre sin explicación, tú tienes tu reputación, Bertram, una reputación tan intachable como la de cualquiera de tus compañeros, a quienes consideramos libres de toda sospecha. A un hombre no lo va a condenar un juez de la naturaleza humana como el señor Stuyvesant, simplemente porque se haya cometido un crimen misterioso en el que las circunstancias de su puesto son lo único que hace posible que sea cómplice. Bien podrías decir que Jessup, Folger y Watson —sí, o yo mismo— perderían su confianza en ese caso. Ellos están en el banco y tienen el hábito constante de ir a las bóvedas.

—Ninguno de esos caballeros quiere casarse con su hija —murmuró Bertram—. No es al director a quien temo, sino al padre. Tengo tan poco que ofrecerle. Tan solo mi carácter y mi devoción.

—Vaya, vaya, ánimo, muchacho. Todavía tengo esperanzas de que todo esto se deba a algún malentendido que se explicará fácilmente una vez que se descubra.

Los errores, aun entre la gente honrada y sensata, no son tan poco comunes como se suele imaginar. Yo mismo he conocido uno que, de no haber intervenido la providencia, podría haber dado lugar a dudas aparentemente tan inconsecuentes como las tuyas.

Mañana consideraremos la cuestión largamente. Esta noche—Bien, Bertram, ¿qué es?

El joven se estremeció y bajó los ojos, los cuales, durante las últimas palabras de su tío, habían estado fijos en su rostro con una extraña y penetrante indagación. —Nada —dijo—, es decir, nada más; y se levantó como si fuera a marcharse.

Pero el señor Sylvester extendió la mano y lo detuvo.

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