vestida de blanco —aunque era principios de otoño, aún se aferraba a sus vestidos de verano—, su oscuro cabello estaba recogido en lo alto y sujeto aquí y allá con horquillas de oro pasadas de moda, una espléndida rosa roja ardía sobre su pecho, y otra brillaba de un rojo carmesí como la sangre desde sus manos cruzadas.
—«¿Holt? —repitió el coronel sin volverse—; no conozco a tal hombre».
—«Dijo que deseaba ver a la señorita Jacqueline», sonrió con afectación el sirviente.
—«Oh», replicó el Coronel con indiferencia. Jamás mostraba sorpresa ante los sirvientes, y continuó con su libro, aún sin girar la cabeza.
«Pensé que si lo hubiera vuelto, difícilmente se sentaría allí a leer tan tranquilamente; pues Jacqueline, que no se había movido de su postura alerta y erguida, lo estaba mirando de un modo que ningún padre, y menos aún un padre que amaba a su hija como él a ella, habría podido contemplar sin alteración.