a su ayuda cuando surge una cuestión que me desconcierta o me aflige. Señor Sylvester, usted me ha ofrecido su amor y el refugio de su hogar; si usted dice que, a su juicio, el consejo de todos los verdaderos amigos sería que yo acepte este amor, entonces mi mano es suya y con ella mi corazón; un corazón que solo vacila porque desearía estar seguro de contar con la sonrisa del cielo en cada uno de sus impulsos”.
“¡Paula!”
La voz era tan extraña que ella levantó la vista para ver si de verdad había sido el señor Sylvester quien hablaba. Él se había recostado de golpe en una silla y se había cubierto el rostro con las manos. Con un grito ella avanzó hacia él, pero él le indicó con un gesto que se detuviera.
—¡Condenado a ser mi propio verdugo! —murmuró—. ¡Colocado en el potro y llamado a girar la rueda que ha de desgarrar mis propios tendones! ¡Dios mío, es muy duro!