Un día en el banco
“Hay una divinidad que encamina nuestros fines, por más que los abastemos a nuestra guisa.”
Hay días en que el mundo entero parece sonreírle a uno sin reservas ni condiciones.
Bertram Sylvester, abriéndose camino hacia el banco en la mañana siguiente a la recepción, era un espectáculo alegre de contemplar. La juventud, la salud y la esperanza hablaban en cada línea de su rostro y daban brillo a cada mirada de sus ojos despiertos.
Su nueva vida le resultaba agradable. A Bach, Beethoven y Chopin ya apenas los añoraba el ambicioso cajero auxiliar del Madison Bank, que contaba con un amigo en cada uno de sus directores y algo más que eso en el mismísimo y popular presidente.
Además había desarrollado un talento para los negocios y contaba con la confianza del cajero, un hombre algo enfermizo que en más de una ocasión se había visto obligado a confiar en el juicio, que maduraba con rapidez, de su joven colaborador, en asuntos a menudo de la máxima importancia.
El modo en que Bertram se vio capaz de responder a estas diversas llamadas le convenció de que había estado en lo cierto en su opinión sobre su propia naturaleza, cuando le informó a su tío de que la música era su placer más que su necesidad.
Al entrar al edificio por la calle Pearl, estaba a punto de abrir la puerta que conducía al banco propiamente dicho, cuando oyó una vocecita