“Es Sassard y ningún otro entonces”, exclamó su noble guardián; “Hay astucia en esa proclama”, y golpeó su espada a su costado. “¡A las murallas, hijos de Germain! Y como cada cual guardaría su vida De la amarga vergüenza de la falsedad, defendamos a la esposa de nuestro amo”. “¿Podéis retenerla, podéis escudarla de las brisas que aguardan?”, Gritó la voz punzante de Sassard desde su posición junto a la puerta. “Si tenéis el poder de escudarla de la luz del sol y del viento, Podréis escudarla del severo Sassard cuando su falcata esté desenvainada”. “Podemos retenerla, podemos escudarla”, brotó como fuego de la muralla, Y el joven Enguerrand, el valiente, saltó al frente de todos. “Y si las brisas traen deshonra, la protegeremos de su aliento, Aunque la entreguemos al regazo de los sagrados brazos de la Muerte”. Y con fuerza que jamás flaqueó, la defendieron todo ese día, Aunque la fuerza de tres ejércitos parecía batallar en la refriega, Y los rugientes terraplenes del viejo castillo resistían firmes frente al enemigo, Como un buen dique resiste el flujo de olas arrolladoras. Mas a la mañana siguiente, al alzarse el sol en esplendor sobre todo, Hugo el poderoso cayó herido de muerte en su puesto de la muralla; Al mediodía, el valiente Raoul de alegre mirada y corazón Entregó su belleza y sus bromas al dardo celoso del enemigo. El galante Maurice cayó después vacilante con una herida mortal bajo sus cabellos, Mas luchando aún hasta que Sassard avanzó sobre él por la escalera. El generoso Clement le siguió, gritando al exhalar su espíritu: “¡Hijos de Germain, al rescate, y sed leales hasta el final!”.
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XXIII. El Poema
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