Paula se agachó y la besó. —Voy a preparar tu cama —dijo. Y sin vacilar ya, abrió la puerta que conducía a aquellas oscuras regiones interiores que hacía tan solo unos minutos le habían inspirado tanto terror.
Fue directa a la habitación de Jacqueline.
—Todo debe hacerse según los deseos de la señora Hamlin —exclamó, y encendió el fuego en el hogar, y apartó las cortinas aún más de la cama, y aportó el toque de su mano femenina a los diversos objetos a su alrededor, hasta que la alegría pareció reinar en un lugar antes tan poblado de espantosos recuerdos.
Volviendo a Jacqueline, la ayudó a levantarse y, pasándole el brazo por la cintura, la condujo al vestíbulo. Pero aquí la memoria, la espantosa y acusadora memoria, intervino y, atrapando a la desdichada mujer entre sus garras, la sacudió, en cuerpo y alma, hasta que sus gritos resonaron por toda aquella casa desolada.
Pero Paula, con una suave insistencia, la animó, y sonriéndole como un ángel de paz y misericordia, la guió paso a paso por aquella escalera terrible, hasta que por fin la vio a salvo en la habitación de su primera juventud.
La visión de este pareció al principio horrorizar, pero después calmar a aquel ser desamorado que se veía así cara a cara con su propio pasado.
Se acercó a la chimenea y tendió sus dos manos agarrotadas hacia la llamarada, como si viera un altar de misericordia en su resplandor acogedor. De allí pasó, tambaleante y débil, al bastidor de bordado, que contempló un instante con algo casi parecido a una sonrisa; pero pasó de largo junto al espejo, y apenas miró un retrato suyo que colgaba en la pared sobre su cabeza.