«¡Santo Dios! ¡y ni siquiera sé si vive», exclamó de pronto, deteniéndose en seco y contemplando las humildes paredes que tenía delante, con la rápida conciencia de las posibilidades de una gran decepción.
“Diez años han sembrado muchas tumbas en la ladera y Ona no lo mencionaría si perdiera a todos los parientes que le quedan en este pueblo. Qué tonto he sido”, pensó.
Pero con la férrea determinación que le había sacado adelante en no pocas dificultades, se disponía a avanzar, cuando se vio de nuevo detenido al ver que la puerta de la casa que estaba contemplando se abría de repente y de ella emergía una figura juvenil.
¿Podría ser Paula? Con un interés ávido, casi febril, la vio acercarse. Era una muchacha esbelta y avanzaba hacia él con un paso rápido, casi alegre en su libertad. Si fuera Paula, la reconocería por los ojos, pero por alguna razón esperaba que no fuera ella, ni la niña de sus sueños.
A una o dos yardas frente a él se detuvo asombrada.
Esta figura seria y alta, de frente melancólica, ojos profundos y labios firmemente apretados, era una visión desacostumbrada en este pueblo primitivo.
Apenas consciente de lo que hacía, hizo una pequeña reverencia y se disponía a continuar cuando él la detuvo con un gesto apresurado.
—¿Vive todavía la señora Fairchild? —preguntó, señalando la casa que acababa de dejar.
—¿La señora Fairchild? Oh, no —respondió, mirándolo de soslayo con unos ojos castaños muy pícaros, con una cierta astuta extrañeza ante el suspense en su voz—. Hace tanto que murió que ni me acuerdo. La anciana señorita Abby y su hermana viven allí ahora.