Codal
nydus/The Sword of DamoclesPublic
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V. El Rubicón

Pero mostraba la inclinación de su mente, y era una inclinación que me dejaba por completo fuera del alcance de su círculo de conocidos, por no hablar del de su exquisita hija, el orgullo de su alma si no la joya de su corazón.

Pero ¿cuándo se detendrá ante un obstáculo que, al fin y al cabo, tiene su base simplemente en circunstancias de posición o de voluntad, un hombre que ha visto, o que se jacta de haber visto en los ojos de la mujer que admira, la más pequeña chispa de ese fuego que consume su propia alma?

Al cumplirse las dos semanas de su esperada ausencia, ya me había hecho a la idea de que volvería a verla y, si descubría que el capricho pasajero de una niña amenazaba con florecer en el afecto constante de una mujer, jugármela toda en el intento de conquistar con honorable empeño y perseverancia este capullo de hermosura para mi futura esposa.

No es necesario explicar cómo conseguí por fin, gracias a mi amigo Farrar, que una tarde me invitaran a la misma casa que a la señorita Preston. Me creerán cuando les diga que se hizo con el máximo respeto hacia sus sentimientos y de un modo que engañó al propio Farrar, el cual, si es el más fisgón, es sin duda el más volátil de los hombres.

En un salón abarrotado, pues, en medio del destello de los diamantes y el batir de los abanicos, la señorita Preston y yo volvimos a encontrarnos. Cuando la vi por primera vez, estaba en plena conversación con alguna joven compañera, y tuve el placer de observar durante unos minutos, sin ser visto, la expresividad de su rostro sincero mientras hablaba con su amiga o permanecía sentada contemplando en silencio el brillante despliegue ante ella.

La hallé semejante y a la vez disímil a la visión de mis sueños. Más alegre en su aspecto, como no era extraño considerando su atuendo de fiesta y el brillo de la araña de luces bajo la cual estaba sentada, había aún

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