Eran solo cinco minutos según el pequeño reloj que hacía tictac en la chimenea, pero pareció una hora antes de oír un paso tímido en la puerta y verla abrirse lentamente, revelando... bueno, no me detuve a averiguar si era una niña o una mujer. Me limité a ver la forma encogida y modesta, el rostro ansioso y sonrojado, y me incliné casi hasta el suelo en una súbita reverencia ante la sublime inocencia que se me revelaba.
Sí, no hizo falta una segunda mirada para leer aquel tierno rostro hasta su última página inocente. De haber sido una mujer de veinticinco años, no me habría equivocado en su expresión de puro deleite y tímido interés, pero solo tenía dieciséis, como supe más tarde, y era más joven en experiencia que en años.
Cerrando la puerta tras de sí, se quedó un momento sin hablar, luego, con un ahondamiento del rubor que no era sino la timidez propia de una niña ante la presencia de un extraño, alzó la vista y murmuró mi nombre con alguna que otra palabra de agradecimiento que habría arrancado una sonrisa de mis labios de no haberme sobresaltado el repentino cambio que cruzó por sus facciones al encontrarse con mis ojos.
¿Demostré mi sorpresa con demasiada claridad, o se manifestó mi admiración en mi mirada? Una admiración tan grande como humilde, y que ya era de una índole tal como jamás antes le había profesado a muchacha o mujer.
Fuere lo que fuese, no bien se cruzó con mi mirada que se detuvo, tembló y retrocedió con un murmullo confuso, a través del cual le oí claramente susurrar en un tono bajo y angustiado: «¡Oh, qué he hecho!».
—Llamé a un buen amigo para que me acompañara —dije del modo franco y fraternal que pensé que sería más propicio para tranquilizarla—. No se alarme, estoy más que feliz de conocer a alguien que evidentemente disfruta tanto de la música.