Pero la duda que una seria contemplación de este riesgo debió de haber presentado era de un carácter tan desalentador, que no me atrevía a admitirla. Si hacía el sacrificio, debía recibir mi recompensa. No iba a escuchar ninguna otra conclusión.
Además, algo en la propia jovencita, no sabría decir qué, me aseguró entonces como me asegura ahora, que cualesquiera fueran las virtudes o gracias de las que careciera, la de la fidelidad a una noble idea no estaba entre ellas; que una vez convencida de la pureza y el valor de la llama que se había encendido en su inocente pecho, nada que no fuera la indignidad del objeto que la había despertado serviría jamás para eliminarla o extinguirla.
Que yo no era digno, pero que haría el propósito de mi vida llegar a serlo, era una certeza; que ella advertiría mis esfuerzos y me otorgaría la simpatía que merecían, estaba igualmente seguro. Nadie haría jamás un sacrificio tal por su amor como el que yo estaba dispuesto a hacer, y en consecuencia en nadie encontraría un rival.
La luz de la mañana me sorprendió en plena lucha, ni decidí la cuestión aquel día. El señor Preston tal vez no estuviera tan decidido en sus prejuicios contra los músicos como mis amigos o incluso su hija habían imaginado. Resolví verle.
Aprovechando su conexión con el club ⸻, conseguí un presentador en la persona de alguien muy respetado de su propia clase, y una noche fui a las salas del club con la firme intención de entablar conocimiento con él si fuera posible. Ya estaba allí y conversaba con unos socios de negocios.
Consiguiendo un asiento lo más cerca posible de él, examiné su semblante con ansiedad. No era nada tranquilizador y, analizado de aquel