—¿Y no sabes qué respuesta dar? —preguntó ella.
—Debería —dijo Paula—, si... ¡Oh, tía, ya sabes lo que se interpone en mi camino! Lo he visto en tus ojos desde hace tiempo. Hay otra persona...
—¿Pero es que no ha hablado? —exclamó con vigor su tía.
Sin contestar, Paula puso en su mano, con una lenta desgana que no había manifestado antes, una segunda esquela, y luego ocultó la cabeza entre las sábanas, esperando con el corazón latiendo apresuradamente lo que su tía pudiera decir.
No parecía tener prisa por hablar, pero cuando lo hizo, sus palabras salieron con un rápido suspiro que resonó de manera muy lúgubre en los ansiosos oídos de la joven.
“Te has visto colocada por esto en una situación un tanto dolorosa. Me compadezco de ti, hija mía. Es muy difícil negarse a un benefactor.”
La cabeza de Paula se acercó más al pecho de su tía, y sus brazos se deslizaron alrededor de su cuello. —¿Pero tengo que hacerlo? —susurró.
La señorita Belinda frunció el ceño con mucha fuerza y miró severamente a la pared de enfrente.
—Siento que haya alguna duda al respecto —respondió ella.
Paula se incorporó de un salto y la miró con súbita determinación.
—Tía —dijo—, ¿cuál es su objeción hacia el señor Sylvester?