—No obstante, llevamos con nosotros a dondequiera que vayamos el recuerdo de nuestro tesoro oculto —añadió ella con una sonrisa, mirando hacia atrás desde la escalera.
Y de nuevo, como en la primera noche de su entrada en la casa, se quedó él abajo y la observó mientras ella subía suavemente, con su hermoso rostro destellando un momento contra el fondo oscuro del lujoso bronce que se alzaba imponente desde la plataforma detrás, para luego brillar con un resplandor cada vez más tenue, a medida que la distancia entre ellos aumentaba y ella desaparecía en las regiones superiores.
Ella no vio el gesto con el que arrojó el peso que descansaba sobre su alma.