—Sí —dijo Paula, examinando a los diversos jóvenes que desfilaban ante ellos, algunos pálidos, otros morenos, algunos apuestos, otros corrientes, pero todos sonrientes y pulcros, si no garbosos—, algunos hombres serían soportables si tan solo no fueran hombres.
El señor Ensign le dirigió una rápida mirada y, mientras reía ante la paradoja, se irguió como alguien capaz de ser un hombre si la ocasión lo requería. Ella vio el gesto y se sonrojó.
Pero su conversación fue interrumpida pronto. Se vio al señor Sylvester regresar del salón de la cena, con un aspecto decidida y visiblemente preocupado, y aunque Paula ignoraba lo que había ocurrido para disgustarle, su espíritu presto se contagió de la alarma y estuvo a punto de correr hacia él y dirigirle la palabra, cuando uno de los camareros se acercó y, murmurando unas pocas palabras que ella no alcanzó a oír, le entregó una tarjeta en la que no distinguió más que un simple círculo.
Al instante cruzó un cambio su semblante ya agitado, y acercándose a las damas con un par de palabras que, si bien parecían alegres, a Paula le parecieron algo forzadas, se disculpó con la noticia de que un amigo de negocios había sido tan desconsiderado como para importunarle pidiéndole una entrevista en el vestíbulo. Y con apenas una seña hacia el señor Ensign, que se había retirado al verle avanzar, las dejó y desapareció entre la multitud que rodeaba la puerta.
—No me gustan estas interrupciones de amigos de negocios en un momento de placer —exclamó Paula, mirándole con ojos ansiosos—. ¿Te fijaste en lo agitado que parecía, Cicely? Y hace media hora era la viva imagen de la tranquila diversión.
—Los negocios escapan a nuestra comprensión, Paula —replicó su amiga con evasivas—. Es algo así como un dolor neurálgico; le ataca a uno cuando menos se lo espera. ¿Le has contado al señor Ensign lo de nuestra aventura?