Este plan lo llevé a cabo con Fanning. Cambiando mi apariencia para adaptarla a las necesidades del caso, tomé una habitación en la pequeña casa de Brooklyn donde él se hospeda y, como conocía bien sus gustos, supe cómo adaptarme a su agrado. Era un hombre ocupado y, viéndose obligado por sus deberes a convertir la noche en día, no tenía mucho tiempo para dedicarme a mí ni a ningún otro; pero, teniendo esto muy presente, me ingenié para aprovechar al máximo los ratos libres que pasábamos juntos y, al poco tiempo, éramos muy buenos compañeros y, más adelante, muy buenos amigos.
El día en que por primera vez me atreví a sugerir que la honradez estaba muy bien siempre y cuando resultara lucrativa, fue para mí memorable. En aquella tirada de dados yo debía ganar o perder el juego que había emprendido. Gané. Tras un par de amagos para ver si hablaba en serio, cayó en la red y, aunque no se comprometió en aquel momento, no tardó en acudir a mí para pedirme deliberadamente ayuda en la colocación de unos bonos que había sido lo bastante astuto para adquirir, pero no lo bastante audaz para intentar vender.
Por supuesto, toda la historia salió a la luz, y yo fui lo bastante comprensivo hasta que tuve los bonos en mis manos, entonces... pero os dejo que imaginéis lo que siguió. Basta con decir que le arranqué esta confesión, y que, en consideración a la dudosa partida que había jugado con él, lo dejé marchar a donde a estas alturas ya está a salvo de cualquier persecución.
—¿Pero y su deber hacia su superior; su juramento como miembro del cuerpo?
—¡Mi superior está aquí! —dijo el hombre señalando al señor Sylvester—; uno inconsciente, lo admito, pero aun así mi superior; y en cuanto a que yo sea miembro del cuerpo, eso era verdad hace cinco años, pero hoy ya no.