—Y así —dijo en un tono destinado más para sí mismo que para ella—, hasta tus inocentes oídos se han visto asaltados por los chismes sobre la señorita Japha.
—¡Chisme! Nunca lo había pensado como un chisme —respondió ella, impresionada por primera vez por el cambio en su aspecto—. Todo pasó hace tanto tiempo que parece más un cuento pintoresco y antiguo que la historia de uno de nuestros vecinos. Además, el hecho de que una muchacha testaruda huyera de la casa de su padre con el hombre de su elección no es algo tan terrible, ¿verdad?, aunque jamás regresara entre sus muros con su esposo, y su padre quedara tan abrumado por la conmoción que jamás se le volvió a ver sonreír.
—No —dijo, dándole una rápida mirada de alivio—, solo me extrañaba la tenacidad de las viejas historias para cautivar el oído popular. Había supuesto que hasta el recuerdo de Jacqueline Japha se habría perdido en el largo silencio que ha seguido a aquel único acto de desobediencia.
—Y así podría ser, de no ser por esa casa de contraventanas cerradas a cal y canto, con la siniestra tranca cruzada en su entrada principal, que invita a la curiosidad al tiempo que impide de raíz toda investigación. Ante semejante testimonio perpetuamente ante nuestros ojos de la implacable inquina de un difunto, ¿quién puede extrañarse de que a veces reflexionemos sobre la suerte de aquella que fue su blanco?
“Y jamás se ha recibido en Grotewell indicio alguno de ese destino. Por lo que se sabe en contra, es posible que Jacqueline Japha haya precedido a su padre en la tumba”.
Paula inclinó la cabeza, sorprendida por el tono sombrío con el que había hecho esta rotunda afirmación alguien cuya supuesta ignorancia ella se había estado esforzando por iluminar.