Paula suspiró y se apresuró a ir a su habitación. No se atrevía a mencionar su ansiedad respecto al amo de la casa, que aún seguía ausente, a esta mujer de sonrisa indolente y plenamente satisfecha.
Pero, sin embargo, ella misma se incorporó a la luz de la luna, escuchando con la cabeza inclinada en busca del sonido de sus pasos en el sendero de abajo. No podía dormir mientras él estuviera ausente; y, sin embargo, los pensamientos que la turbaban y la apartaban de su lecho virginal no debían de ser enteramente por él, pues de otro modo, ¿a qué se debían esas sonrisas errantes que de vez en cuando cruzaban fugaces por su mejilla, despertando los hoyuelos que allí dormían, hasta hacerla parecer más un cuadro soñador de delicia que una visión despierta de aprensión? No enteramente por él; y, sin embargo, cuando hacia eso de las tres en punto oyó el demorado paso en el porche, se incorporó con ojos ávidos y un gesto nervioso que delataba suficientemente cuán intenso era su interés por el bienestar y la felicidad de su benefactor. «Si va a la habitación de Ona, todo va bien —pensó—; pero si sigue escaleras arriba, sabré que algo va mal y que necesita consuelo».
No se detuvo en la habitación de Ona; y, asaltada por el pánico, Paula abrió de par en par su puerta y estuvo a punto de salir a su encuentro, cuando alcanzó a ver su rostro y retrocedió de golpe. ¡Aquello no era una angustia que ella pudiera paliar! El hecho mismo de que no advirtiera su esbelta figura de pie ante él bajo la brillante luz de la luna probaba que la mirada o la caricia de una mujer no era lo que andaba buscando; y, encogiéndose con sensibilidad a un lado, se sentó en el borde de su delicada cama, apoyando la mejilla en la mano con un gesto cansado y turbado del que había huido toda la alegría y solo quedaba la aprehensión.