La mirada que la señorita Belinda le dirigió no fue nada tranquilizadora.
—Y sin embargo —dijo ella—, usted se llevará a mi adorada niña y la entregará a una influencia que no puede ser buena, o su mirada no estaría tan turbada ni sus labios tan temblorosos. Pondría sus jóvenes pies en un sendero donde las mismas flores son tan densas que ocultan su rumbo y oscurecen sus peligros. Señor Sylvester, usted es un hombre que ha visto la vida con ojos desnudos y debe reconocer sus responsabilidades; ¿se atreve a sacar a esta Paula, a quien usted ha conocido, de la atmósfera de verdad y pureza en la que ha sido criada, y entregarla a las influencias debilitantes de la necedad y la moda? ¿Asumirá el riesgo y afrontará las consecuencias?
Como si una descarga eléctrica le hubiese tocado el nervio de su ser, el señor Sylvester se levantó apresuradamente y se dirigió de manera inquieta hacia la ventana.
Era su refugio favorito en cualquier momento de repentina perplejidad o duda, y esta era sin duda una ocasión para ambas.
—Señorita Belinda —comenzó y luego hizo una pausa, contemplando las colinas de su infancia, cada una de las cuales le hablaba en aquel momento con una fuerza que casi le enfermaba el corazón y le entumecía las facultades de la mente—; reconozco el amor que la lleva a hablar de esta manera, y ante él me inclino, pero… —aquí su lengua volvió a vacilar, aquella lengua pronta cuya rápida y persuasiva elocuencia en los actos públicos le había ganado entre sus amigos y admiradores el sobrenombre de Lengua de Plata—, pero hay otros que también aman a su Paula, la aman con un anhelo que solo los sin hijos pueden sentir o los desengañados apreciar.