El hombre parecía avergonzado.
“Perdone, señor, pero eso es precisamente lo que preferiría que no hiciera. El señor Sylvester está siempre muy ocupado y podría pensar que he querido molestarle con algún asunto propio, señor, como la verdad es que no me ha faltado ocasión de hacer en otros ratos. Si tuviera la amabilidad de llamar cuando él entre, es todo lo que le pido”.
Bertram consideró esto una extraña petición, pero al ver al hombre tan ansioso, dio la promesa requerida, y el conserje se apresuró a marchar.
—¡Qué curioso! —murmuró Bertram—. ¿Podrá pasar algo malo?
Y miró a su alrededor con cierta curiosidad mientras se dirigía a su escritorio. Pero todos estaban en su puesto como de costumbre y los semblantes de todos estaban igualmente imperturbables.
Era una mañana ajetreada y, en el torbellino de diversos asuntos, Bertram olvidó por completo el suceso.
Pero se lo recordó de pronto al oír que alguien comentaba: «El señor Sylvester llega tarde hoy», y al levantar la vista de unos papeles que estaba examinando, descubrió que había pasado una hora entera desde el momento en que su tío solía aparecer.
Justo en ese momento volvió a divisar los ojos saltones de Hopgood que lo observaban fijamente desde la puerta entreabierta al fondo del banco.
«El tipo se está impaciente», pensó, y experimentó una vaga sensación de inquietud.
Pasó otra media hora.