Y ajena al denso volumen de humo que ahora comenzaba a abalanzarse hacia ella, ajena incluso a las largas lenguas de hambrienta llama que se extendían como tanteándola desde la lejanía a sus espaldas, permaneció inamovible, contemplando fijamente el ventanal donde él se hallaba arrodillado, con una sonrisa indescriptible y terrible en los labios.
El espectáculo era insoportable. Con un instinto de desesperación, ambos hombres retrocedieron, cuando de repente vieron que la mujer se estremecía, aflojaba los brazos y dejaba caer al niño desde sus brazos sobre el puente.
Un chispeante chorro de agua había caído sobre las llamas, y la sorpresa la había descolocado. En un instante, el padre volvió a ser él mismo.
—Levántate, amiguito, levántate —gritaba—, o si no puedes caminar, gátea por el puente hasta la siguiente casa. Veo a un bombero allí; él te subirá.
Pero en ese momento las llamas, hasta entonces mantenidas bajo cierto control, brotaron de una ventana contigua y prendieron en la carpintería del puente. El padre gritó consternado.
—¡Date prisa, amiguito, date prisa! —gritó—. Vete hacia la siguiente casa antes de que sea demasiado tarde.
Pero una parálisis parecía haberse apoderado del niño; se levantó, luego se detuvo y, mirando a su alrededor con desesperación, meneó la cabeza.
«No puedo», exclamó, «no puedo».
Y la mujer se rió y, con un abrazo de sus brazos vacíos, pareció lanzar sus burlas al espacio que tenía ante sí.