hecho, no habría querido deshacerlo, no, ni aunque al hacerlo hubiera perdido su confianza y su afecto.
Pero algo le decía que no lo había perdido. Que de la oscuridad y el impacto de este mismo descubrimiento brotaría un amor nuevo y más profundo que, al nacer de la fragilidad humana y el arrepentimiento humano, ganaría en lo real lo que perdía en lo ideal, aportando a su naturaleza de hombre cansado, sufriente y anhelante la ayuda sincera de una sólida y afectuosa empatía, una confianza creciente y el más dulce porque más sabio aliento.
Fue, por lo tanto, con un creciente sentimiento de profundo e insondable consuelo, y una reverente gratitud por las misericordias de Dios, que se sentó junto al fuego contemplando ocioso el ascenso y la caída de las llamas doradas sobre las cenizas revoloteantes de la carta de su rival, y soñando, con un sentido santificador de su propia indignidad, en la posible dicha de los días venideros.
La felicidad, en su sentido más verdadero y sereno, era algo tan nuevo para él, que le afectaba como la presencia de algo extrañamente imperativo. Se sintió sobrecogido ante ella, e involuntariamente inclinó la cabeza al contemplarla.
Solo sus ojos delataban la paz que acompaña a toda gran dicha; sus ojos y tal vez la leve, casi sobrenatural sonrisa que cruzó por su boca, alterando su firme línea y convirtiendo su rostro —a pesar de su inevitable expresión de melancolía— en uno que a su madre le habría encantado contemplar.
—¡Paula! —salía de vez en cuando de entre sus labios con un acento reverente y anhelante, y una vez un bajo: «¡Gracias a Dios!», que demostraba que estaba rezando.
De repente se levantó; un estado de ánimo más humano se había apoderado de él, y sintió la necesidad de cerciorarse de que era realmente