Bien, bien, sigue llamando, me encanta oír tu voz. Es música para mí aun frente a la muerte.
—¡Mi muchacho! ¡Mi muchacho —fue todo lo que pudo articular balbuceando—; salva al niño, Jacqueline, ¡salva tan solo al niño!
Pero la áspera y desdeñosa risa con que respondió, auguraba poco de salvación.
«Es tan querido —siseó—, ¡tanto amo al fruto de mi rival! La criatura que ha ocupado el lugar de mi propio tesoro, muerto antes siquiera de haber visto sus ojos inocentes. Oh, sí, sí, lo salvaré, lo salvaré tal como salvaron al mío. Cuando vi a ese infeliz bebé en tus brazos el día que pasaste a mi lado con ella, juré ser su amiga, ¿acaso no te acuerdas? Y lo soy tanto que me mantendré a su lado hasta la muerte, ¿no lo ves?».
Y levantándolo en sus brazos hasta que todo su cuerpo achicado quedó visible, apartó el rostro y pareció reírse en la cara de las llamas.
El padre se retorcía abajo en su agonía.
—Perdona —clamó—, perdona el pasado y devuélveme a mi hijo. Es todo lo que tengo para amar; es todo lo que jamás he amado. ¡Sé misericordiosa, Jacqueline, sé misericordiosa!
Su rostro volvió a él como un relámpago, inmóvil y pálido.
“¡Y qué piedad me has tenido jamás! ¡Necio, idiota, no ves que he vivido para esta hora! ¡Para hacerte sentir por una vez; para hacerte sufrir por una vez como yo he sufrido. ¡Tú amas al muchacho! Roger Holt, yo una vez te amé”.