—No, no juzgo —respondió ella con una mirada de soslayo hacia Mandeville—. Pero los servicios no fueron cortos; al contrario, pensé que nunca oiría el último amén. La voz del señor Turner es muy agradable —continuó, de esa manera divagadora tan suya—, nunca interrumpe tus pensamientos; no es que se considere que yo tengo alguno —interectó con otra mirada a su silencioso huésped—, una mujer en sociedad con reputación de tener gusto en todo lo relacionado con la vida a la moda, no tiene pensamientos, por supuesto; los hombres de negocios con una sola idea en la cabeza, la de ganar dinero, sin duda tienen más.
—¿Sabes, Edward —prosiguió con repentina inconsecuencia, que era otro de los rasgos de la amigable conversación de esta señora—, que he llegado a una conclusión definitiva respecto a la muchacha con la que se va a casar Philip Longtree?; podrá ser bonita, pero no sabe vestir. Desearía que la hubieras visto esta noche; llevaba puesto un vestido malva con adornos de oro viejo. Ahora bien, con un tono de tez como el suyo... Pero olvidaba que aún no la has visto.
—Bertram, creo que daré una german el mes que viene, ¿vendrás? ¡Oh, Edward! —como si el pensamiento le hubiera venido de repente—, la princesa Luisa es la sexta hija de la reina Victoria; se lo pregunté al señor Turner esta noche. A propósito, me pregunto si hará el tiempo suficiente como para sacar los caballos mañana. Bird ha tenido la amabilidad de enfermarse justo en lo más álgido de la temporada, señor Mandeville. Hay mil cosas que tengo que hacer y detesto los caballos alquilados.
Y con un suspiro petulante dejó su libro de oraciones sobre la mesa y, con una mirada al espejo cercano, comenzó a quitarse los guantes de la manera lenta y graciosa que cuadraba eminentemente con cada uno de sus movimientos.
Era como si una atmósfera de mundanalidad se hubiera instalado en esta habitación santificada un momento antes por las expresiones de un