por uno más abrigado y adecuado, por lo demás no interrumpió su vigilia, a pesar de que la necesidad de esta parecía haber llegado a su fin. Era una mañana pleno invierno y el sol aún no había salido, así que, sintiendo frío además de inquietud, comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación, deteniéndose de vez en cuando para mirar por la ventana, con la esperanza de divisar algún signo de la aurora en el vacío y solemne oriente.
De pronto, mientras escrutaba así el horizonte, una luz brotó desde abajo y, al mirar hacia la cubierta de la ampliación que se extendía en ángulo recto con su ventana, advirtió que las persianas del tocador de la señora Sylvester estaban levantadas. Sin duda las habían dejado así la noche anterior, y el señor Sylvester, al encender el gas, no se había percatado del detalle.
Al instante sintió que el corazón se le detenía, pues, al ser la casa ancha y la ampliación estrecha, todo lo que ocurría en aquel gabinete, o al menos en