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nydus/The Sword of DamoclesPublic
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XVI. La espada de Damocles

La espada de Damocles

“Y mis imaginaciones son tan sucias como la fragua de Vulcano.”

“Vaya, todas las almas que existieron, una vez estuvieron perdidas; y encontraron el remedio.”

La señora Sylvester, reclinada sobre el más pálido de los sofás azules, bajo la luz inclinada del sol de una tarde de abril, es un estudio para un pintor.

No que de su persona emanara tan inspiradora hermosura, tan notable por su rica y negligente gracia, sino porque en cada actitud de sus grandes y bien formados miembros, en cada alzamiento de los espesos párpados blancos sobre unos ojos cuya natural brillantez se hallaba oscurecida por la neblina de vanas fantasías, presentaba tal encarnación de suntuoso descanso que casi se diría que uno estaba contemplando a la favorita sultana de alguna corte oriental o, para ponernos por una vez tan poéticos como el tema exige, un loto egipcio en plena floración flotando en silencioso goce sobre las plácidas aguas de su río natal.

En verdad, a pesar del carácter rubio de su belleza, había sin duda algo oriental en el físico de esta afortunada criatura de la fortuna. Si el tono de su piel hubiera adquirido la riqueza de una flor de magnolia en lugar de recordar aquella descripción dada al cutis de una de las hermanas de Napoleón —que parecía satén blanco visto a través de un cristal rosa—, habría pasado en cualquier mercado oriental por un raro ejemplar de belleza circasiana.

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