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nydus/The Sword of DamoclesPublic
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XXVII. El vigía solitario

encontrar, pavorosa de recordar. Continué con firmeza: “Ella se ha ido de esta casa bajo tu maldición; dime que, si regresa, podrá ser recibida con tu perdón”. Todavía esa mirada terrible que no cambiaba. “La he vigilado y esperado todos los días desde su marcha —susurré—, y la vigilaré y esperaré todos los días hasta que muera. ¿Acaso el amor de un extraño ha de ser mayor que el de un padre?”. Esta vez sus labios se contrajeron y la sombra gris se desplazó, pero no se alzó. “Había jurado hacerlo —proseguí—. Cuando yacías allí arriba en la escalera, abatido por tu primer ataque, le dije que, viniera la enfermedad o la salud, mantendría una vigilia diaria en la puerta de la casa que tu severidad no había cerrado para ella; y he cumplido mi palabra hasta ahora y la cumpliré hasta el final. ¿Qué harás por esta desdichada criatura de cuya existencia tú eres el autor?”»

“Con indescriptible ansiedad me detuve y lo observé, porque sus labios se estaban moviendo. —¿Hacer algo por ella? —repitió—.

—¡Qué terrible es la voz de los moribundos! Estremecida escuché, pero me acerqué cada vez más para no perder palabra de las que salían de sus labios pétreos.

—«Ella no venddrá —gresnó él, con un esfuerzo que lo incorporó en la cama y acentuó aquella mirada horrible—, pero...»

“Quién sabe lo que habría pronunciado si la mano de la Muerte se hubiera demorado un solo instante, pero la sombra inexorable cayó y jamás terminó la frase.

—Hija mía, estas son cosas espantosas de oír. Dios sabe que no asaltaría tus puros oídos con un relato como este, si no fuera por la ayuda y la compasión que espero obtener de ti.

El pecado es una cosa horrible; el abismo que abre es ancho y profundo; con razón se puede decir que devora a quienes se confían

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