Y él con una sonrisa le dijo a la muchacha sonrojada que, según su entender, los mortales entraban con los ojos vendados en el país de las fadas; y ella comprendió lo que quería decir y guardó silencio, tras lo cual él cambió la conversación hacia temas más mundanos.
Pues ¿cómo iba a revelarle entonces el propósito que se había despertado en su pecho al ver por primera vez su espléndida y juvenil hermosura? Hacerla su hija, legarle el lugar del niño que había perecido en sus brazos tres largos años atrás—Eso significaba darle a Ona una preocupación, si no una rival en su afecto, y Ona rehuía las preocupaciones, y no era propicia para la rivalidad. Y el si que esto implicaba pesaba hondamente en su corazón a medida que los momentos volaban uno tras otro, y sentía de nuevo el poder vivificante de un espíritu inmaculado y una naturaleza ambiciosa.