en otra parte para mostrar su simpatía y su deseo de ser útil en este grande y repentino duelo.
No hubo respuesta inmediata y comenzó a temer que se vería obligado a retirarse sin ver a su tío, cuando la puerta se abrió lentamente y el señor Sylvester salió.
Al instante Bertram comprendió la ansiedad del criado. No solo el rostro del señor Sylvester exhibía las huellas habituales de dolor y horror propias de una calamidad repentina y espantosa, sino que en él eran visibles los indicios de otra emoción aún más inescrutable, una mirada salvaje y paralizada que alteraba el contorno mismo de sus facciones y hacía que su rostro pareciera casi el de un desconocido.
—Tío, ¿qué es? —brotó involuntariamente de sus labios.
Pero el señor Sylvester, al delatar con un repentino movimiento hacia atrás un deseo instintivo de eludir el escrutinio, recapacitó y, con precipitado decir, ofreció unas palabras de consuelo que sonaban extrañamente huecas y superficiales en aquel oscuro y silencioso pasillo.