mi traje de Worth a tiempo, daré un baile alemán el mes que viene.
Paula, desde su puesto en la puerta —pues desde hacía unos minutos intentaba escaparse a su habitación—, observó a su prima con asombro. Nunca la había visto como lucía en ese momento.
Cualquiera que hable desde el corazón adquiere cierta elocuencia, y Ona por una vez estaba hablando desde el corazón. La inusitada emoción hizo que le ardieran las mejillas, y hasta sus diamantes, valorados en diez mil dólares según hemos oído declarar, eran menos brillantes que sus ojos.
Paula dejó su puesto en el umbral y se deslizó rápidamente hacia su lado. —Oh, Ona —dijo—, si tan solo lucieras así cuando...— se detuvo, ¿qué derecho tenía ella a aventurarse a darle lecciones a su bienhechora?
—¿Cuándo qué? —inquirió la otra, volviendo de golpe a sus maneras naturalmente lánguidas. Luego, con un olvido total de la momentánea curiosidad que había provocado la pregunta, tendió la cabeza hacia la asistente Sarah, con la orden de que la despojara de sus joyas.