Un apretón de manos
Ferdinand «Aquí tienes mi mano. Miranda Y la mía con mi corazón en ella». La Tempestad
Una vez tomada una firme decisión, descarté de mi mente cualquier pensamiento de vacilación.
Decidiendo que con un amigo en los círculos de negocios como usted, no necesitaba a ningún otro introductor para mi nueva vida, destiné esta tarde para una charla con usted sobre el asunto.
Mientras tanto, es bastante sabido que ya no acepto más compromisos para presentarme por el país.
No me queda sino relatar un incidente más.
El domingo pasado, al bajar por la Quinta Avenida, me encontré con ella. No lo hice por casualidad. Conocía su costumbre de asistir a la clase de la Biblia y por una vez me puse en su camino. No le di tiempo para que protestara.
—No exprese usted su desagrado —dije—, esto jamás volverá a repetirse. Únicamente deseo manifestar que he decidido abandonar una profesión tan poco apreciada por aquellos cuya estima más deseo poseer; que estoy a punto de entrar en la oficina de un banquero donde será mi ambición ascender, si es posible, a la riqueza y a la importancia. Si lo logro, entonces sabrá cuál ha sido mi acicate. Pero hasta que lo logre, o al menos dé muestras de éxito tales que garanticen el respeto, el silencio ha de ser mi parte y la paciencia mi único sostén. Tan solo de una cosa esté