CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/The Sword of DamoclesPublic
Página 132 de 571
Table of Contents

XII. La señorita Belinda impone condiciones

«Esperas grandes cosas —dijo—; ¿alguna vez has considerado que la vida en una gran ciudad, con su ajetreo incesante y sus rivalidades constantes, debe de ser a menudo extrañamente mezquina a pesar de sus ventajas artísticas y sociales?».

—Toda la vida tiene su lado mezquino —dijo ella, con una dulce mirada socarrona—. El águila que hiende la nube de tormenta, debe detenerse a veces a arreglarse las plumas. Sentiría que las pequeñas cosas desaparecieran de la existencia. Incluso nosotros, ante esa gran puesta de sol que nos interpela desde occidente, tenemos que amontonar la leña en el hogar y poner la mesa para la cena.

—Pero la moda, Paula —continuó, ocultando su asombro ante la madurez mental demostrada por aquella simple hija de la naturaleza—, ¡esa fuerza inexorable que gobierna las almas mismas de las mujeres que una vez cruzan el umbral del círculo mágico de su reino! ¿Nunca has pensado en ella y en las exigencias que impone al tiempo y a la atención incluso de los adoradores del bien y de la verdad?

—Sí, a veces —replicó con una repetición de su pícara y pequeña sonrisa—, cuando me pongo cierto sombrero que tengo, que la tía Abby reformó a partir de uno de mi abuela.

La moda es una especie de obstinada madrastra, imagino, a la que resulta menos penoso obedecer que oponerse.

No creo que vaya a pelearme con la Moda, con tal de que tan solo prometa mantener sus manos alejadas de mi alma.

—Pero si —con una pausa—, te lo pide todo, ¿qué entonces?

—Consideraré que estoy en un país de principios democráticos —rió ella—, y ruego que se me excuse de acceder a las demandas tiránicas de

132