esa puerta, se cerrará tras de ti para no volverse a abrir jamás!». «Una vez que llegues a esa puerta —digo yo—», señalando en dirección a la otra entrada de la casa, «y si vivo y si me muevo, se abrirá para ti, por muy manchada, desdichada y abandonada que estés, cual Magdalena. ¡Recuérdalo! Cada día a esta hora velaré por ti, arrodillada en su umbral. En la enfermedad o en la salud, en la alegría o en la tristeza, en el frío o en el calor. La hora de las seis es sagrada. ¡Alguna de ellas te verá caer llorando sobre mi pecho!».
«Me dirigió una rápida mirada con sus grandes ojos negros, luego una sonrisa burliza curvó sus labios y, murmurando un breve: "¡Deliras!", abrió la puerta y salió precipitadamente hacia la caída del crepúsculo.
Con un estruendoso metálico eco semejante al ruido de una piedra rodada sobre una tumba abierta, la gran puerta se cerró de golpe, y yo me quedé a solas en aquella casa desolada con mi abatido amo.