—¡Hum! —interrumpió el señor Sylvester—, si esto es verdad, ¿por qué no me informó Hopgood del asunto cuando lo interrogué tan de cerca?
“Porque había olvidado la circunstancia. Tenía fiebre en aquel momento y, habiendo abierto finalmente la cámara acorazada él mismo, perdió de vista el hecho de que previamente había enviado a su esposa a hacerlo. Volvió a su cama después de que entraron los empleados, y no volvió a levantarse hasta la noche. Es posible que pensara que todo el suceso era parte del delirio que más de una vez lo asaltó aquel día”.
—Recuerdo que estuvo enfermo —dijo Bertram—; fue dos o tres días antes del robo.
—Justo el día anterior —le corrigió el hombre—; pero déjeme contar mi historia a mi manera.
Habiéndome enterado por la señora Hopgood de esta oportunidad que se le había brindado a Fanning, me propuse llegar al fondo del asunto. Siendo, como he dicho, amigo suyo, no quería delatarlo a menos que fuera culpable. Arruinar la reputación de un hombre honrado es, a mi parecer, una de las bajezas de las que un tipo puede hacerse culpable; pero tenía que saber la verdad y, para averiguarlo, se requería un juego sutil y profundo.
Caballeros, cuando la policía alberga sospechas fundadas contra una persona cuya reputación está por encima de todo reproche y cuya conducta no da pie a tacha alguna, le tienden una trampa. Uno de ellos se disfraza y, tomando conocimiento con dicha persona, se infiltra muy despacio —a menudo a costa de meses de esfuerzo— en su amistad y, de ser posible, en su confianza. Es un asunto detestable, pero es lo único que sirve en ciertos casos, y al menos tiene el mérito de ser tan peligroso como detestable.