embargo, en aquellos días él era cualquier cosa menos rápido para reconocer la presencia de un sentimiento. Un rostro le parecía hermoso o corriente, no elocuente ni expresivo. Pero el semblante de esta niña era excepcional. Te hacía olvidar el vestido de algodón que llevaba, te hacía olvidarte de ti mismo.
Al contemplarlo, sintió que en su pecho se agitaba algo que jamás había conocido antes, y medio temía oírla hablar no fuera a ser que el encanto se rompiera o se perdiera su influjo. Sin embargo, ¿cómo iba a seguir su camino sin hablarle?
Poniéndole la mano en la cabeza, le preguntó en qué pensaba mientras estaba allí sentada tan sola mirando hacia el río; y la pequeña inspiró hondo y lo examinó con toda su alma en sus grandes ojos negros antes de responder: «No lo sé, nunca lo sé».
Luego, mirando hacia atrás, añadió con ensoñación: «Me dan ganas de irme, a millas de distancia», y extendió sus diminutos brazos hacia el río con un gesto anhelante; «y me dan ganas de llorar».
Y él comprendió o creyó hacerlo y por primera vez en su vida contempló el río que había salido al encuentro de su mirada desde la infancia, con ojos que veían su extrema belleza.
Ah, era un escenario exquisito, un escenario irrepetible, una montaña fundiéndose con otra montaña y un prado desvaneciéndose en otro prado, hasta que el curso de las aguas plateadas se perdía en un horizonte de bruma azur.
No es de extrañar que un niño sin trampas que colocar ni nueces que recoger, se detuviera un momento a contemplarlo, como él mismo en días pasados se detenía a veces en las vísperas del sábado para robar un beso de los labios de su madre.