—Tu esposa... —hizo una pausa y clavó una mirada intensa en las llamas que saltaban ante ella.
—Ona es mi sobrina —prosiguió en un tono de voz más bajo—, y me siento con derecho a hablar con franqueza acerca de ella. ¿Es acaso la clase de guía que yo elegiría para una joven que apenas entra en una nueva esfera de la vida? Por todo lo que he oído, diría que está un tanto demasiado entregada a este mundo y a sus modas.
El señor Sylvester se sonrojó dolorosamente, pero al ver que cualquier atenuación de la verdad resultaría totalmente ineficaz con esta mujer, respondió en un tono sincero: «Ona es ahora la misma que era en los días de su juventud. Si ama demasiado al mundo, no le falta excusa; desde su nacimiento este no ha esparcido más que rosas en su camino».
—¡Humph! —brotó de los labios de la enérgica solterona. Luego, con una segunda mirada severa hacia el fuego, continuó—: Otra pregunta, señor Sylvester. ¿Acepta su esposa recibir a mi sobrina en su casa, por el tiempo indefinido que usted menciona, por interés en la muchacha misma o, en verdad, por algún motivo que yo deba considerar digno de Paula? Sé que es una pregunta capciosa, pero este no es momento para sutilezas en el hablar.
—Señorita Belinda —replicó él, y su voz era firme aunque sus dedos temblaban ligeramente allí donde descansaban sobre los brazos de su sillón—, intentaré olvidar por un momento que Ona es mi esposa y le confieso francamente que no debe esperarse de una mujer que nunca ha reconocido plenamente las solemnes responsabilidades de la vida ningún motivo por su parte que cuente con la entera aprobación de usted. No me cabe duda de que será amable con Paula; también es muy posible que incluso llegue a interesarse por ella por su propio bien; pero que jamás ocupe su lugar con respecto a ella como guía o instructora, es algo que ni anticipo ni me sentiría justificado en hacerle creer.