tambaleándose bajo tus pies, el cielo nadando sobre tu cabeza, y luego, con un grito de dicha, caer corazón contra corazón, por el abismo espantoso de algún hondo barranco, y estrellarse en la eternidad con el grito aún en los labios, eso es lo que yo llamo amor y eso es lo que yo...»
Ella se detuvo, me dirigió todo el esplendor de su rostro, pareció percatarse de hasta qué punto su impetuosidad había levantado el velo con el que solía envolver su amargamente reprimida naturaleza y, calmándose con un rápido y repentino movimiento, me hizo una breve y burlesca reverencia y salió de la habitación.
“¿Te extraña que me pasara media noche meditando y alerta hasta al más leve ruido!
Al día siguiente regresó el señor Holt, y un par de semanas después —tiempo suficiente para permitir que el coronel Japha hiciera cuantas indagaciones quisiera sobre sus credenciales como caballero de posición y fortuna—, envió una formal petición de mano para Jacqueline. Nunca había visto al coronel Japha tan conmovido. Su admiración por el joven era calurosa y sincera. Desde un punto de vista mundano, así como desde cualquier perspectiva más elevada, el enlace era uno del que podía sentirse orgulloso; y sin embargo, pronunciar la palabra que lo separaría de la única criatura que amaba era tan difícil como cortarse un brazo o arrancarse un ojo. —¿Crees que lo ama? —me preguntó con una rara condescendencia de la que no solía pecar—. Eres mujer y tendrías que entenderla mejor que yo. ¿Crees que lo ama?
“Después de las palabras que le había oído pronunciar, ¿qué podía responder sino,
«Sí, señor; es de naturaleza reservada y domina sus sentimientos en presencia de él, pero a pesar de todo lo ama con la mayor intensidad y pasión».