puerta, caballero —dijo ella—. Todo lo que tiene que hacer es subirse a él conmigo y pronto estaremos en la
Miré de su rostro a la carta que tenía en la mano, y no supe qué pensar. El espíritu de sencillez y franqueza que caracterizaba a esta última apenas concordaba con aquel aire de misterio. La mujer, al observar mi vacilación, se dirigió hacia la puerta.
—¿Vendrá usted, señor? —preguntó—. No se arrepentirá. Tan solo un momento de charla con una muchacha bonita... seguramente...
—Silencio —dije, al oír un paso apresurado a mis espaldas. Y tal como lo esperaba, en ese preciso instante apareció mi íntimo amigo Selby y,