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nydus/The Sword of DamoclesPublic
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XXXVI

—Le mostraré tan claramente lo que los ángeles me han dicho —susurró ella—, que no tendrá necesidad de preguntar.

Y ella se recogió los largos cabellos en el rodete que sabía que a él más le gustaba y se colocó una rosa en el cuello, y así, con una sonrisa en los labios, bajó sigilosamente las escaleras.

¡Oh, el paso tímido y anhelante de la juventud doncella al aproximarse al altar de todo cuanto adora! Si esos salones y encumbrados corredores hubieran podido susurrar su secreto, qué historia habrían contado de corazones palpitantes y miradas trémulas, anhelos impacientes y pudores virginales, mientras la hermosa figura, oscilante entre mil esperanzas y temores, se deslizaba de descanso en descanso, llevando consigo el amor, la alegría y la paz.

¡Y confianza! Al acercarse a la efigie de bronce que siempre había despertado en ella tan vagos sentimientos de repugnancia, y comprobar que sus terrores habían desaparecido y que su sonrisa era tranquilizadora, comprendió que su pecho no albergaría más que fe en aquel que quizá hubiera pecado en su juventud, pero que se había arrepentido en su edad viril, y ahora se alzaba puro y noble ante sus ojos. La seguridad era demasiado dulce, la marea de sentimientos demasiado abrumadora. Con una rápida mirada a su alrededor, se detuvo y rodeó con sus brazos el hasta entonces repulsivo bronce, presionando su joven pecho contra el frío metal con un fervor que debería haber santificado para siempre su sensual molde.

Luego bajó apresuradamente.

Su primera mirada al comedor le deparó una decepción. El señor Sylvester ya había desayunado y se había marchado; solo la tía Belinda se sentaba a la mesa. Con el ceño levemente fruncido, Paula avanzó hacia su propio sitio en la mesa.

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